Para que yo me llame Ángel González, para que mi ser pese sobre el suelo, fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo: hombres de todo el mar y toda tierra, fértiles vientres de mujer, y cuerpos y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo. Solsticios y equinoccios alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de mi carne trepando por los siglos y los huesos. De su pasaje lento y doloroso de su huida hasta el fin, sobreviviendo naufragios, aferrándose al último suspiro de los muertos, yo no soy más que el resultado, el fruto, lo que queda, podrido, entre los restos; esto que veis aquí, tan sólo esto: un escombro tenaz, que se resiste a su ruina, que lucha contra el viento, que a...
Eccola la tempesta, è già nell’aranceto tra i suoi pomi, le sue rame. Furente il gelsomino, a sprazzi in quella raffica acuisce il suo profumo, esacerba il suo richiamo. È tutto in agonia il giardino che lui dal padiglione sfiora appena con i suoi occhi sultani adusati alle stagioni, ai loro inganni, consci dei molti rimescolamenti dell’unico principio. Ibi ipse est. He aquí la tormenta, ya está en el naranjal entre sus frutos, sus ramas. Furioso el jazmín, a intervalos en aquella ráfaga aguza su perfume, exacerba su llamada. Del todo agoniza el jardín que, él, desde la glorieta, roza apenas con sus ojos de sultán acostumbrados a las estaciones, a sus engaños, conscientes de las muchas turbaciones del único principio. Ibi ipse est. Mario Luzi. Pasó su primera infancia cerca de Siena y en 1919 se fue a vivir a Florencia donde efectuó sus estudios universitarios y se doctoró con una tesis sobre Mauriac. Allí trabó amistad con poetas y críticos de...